1207. Jueves, 19 junio, 2008
Capítulo Milésimo ducentésimo séptimo: “Lo mejor es salir de lavida como de una fiesta, ni sediento ni bebido." (Aristóteles 384-322a. C.; filósofo griego)
Desdesu primer día en Roma, ciudad a la que entró subido a un lujoso carrotirado por docenas de mujeres desnudas, Vario Avito Basiano (205-222),coronado a los 14 años emperador romano con el nombre de Marco AurelioAntonino (aunque más conocido con el sobrenombre de Heliogábalo) se diocuenta que gobernar un imperio no tenia que ser aburrido.
Aparte de darse esos pequeños caprichos que todos tenemos y quetanto ayudan a sobrellevar el día a día, como su costumbre por no bebernunca dos veces de un mismo vaso (que tenía que ser siempre de oromacizo), vestirse con ropas femeninas en las noches de luna llena ocasarse con varios gladiadores en una misma ceremonia, Heliogábalo sehizo famoso por los banquetes que ofrecía a sus invitados, unosbanquetes a los que asistía el todo Roma y que, como buen anfitrión queera, cuidaba en sus más mínimos detalles como bien reflejan los relatosde los innumerables cronistas de la época que el mismo emperadordispuso para que legasen sus hazañas a la posteridad.
En uno de ellos, y por aquello de celebrar que empezó a gobernar unaño acabado en ese número, organizó la fiesta temática del ochoinvitando para la ocasión a ocho jorobados, ocho cojos, ocho gordos,ocho esqueléticos, ocho enfermos de gota, ocho sordos, ocho negros yocho albinos. Llegados los postres cada uno de ellos recibió ochopuñaladas en medio del alborozo general del resto de los invitados quepodían participar libremente de espectáculo, y no sólo como simplesespectadores sino también, si lo deseaban, como verdaderosprotagonistas del mismo. Tan pocos invitados pudieron resistirse aparticipar que hubo que improvisar varias tandas más de ochos echandomano de los esclavos del servicio y así que ningún invitado se quedasesin participar.
Precisamente era la hora de los postres, cuando ya todo el mundo sehallaba bastante afectado por la bebida, para cuando el emperadorguardaba su mejores ideas, ésas que le hacían ser el alma de la fiesta.Legendaria fue aquella en la que, con todos los invitados dentro, mandócerrar las salidas del comedor e hizo soltar una manada de fierassalvajes a las que previamente había hecho arrancar los dientes y lasgarras, algo que, lógicamente, desconocían los aterrados comensales.
Hay gente que sabe divertirse de verdad.
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