1041. Miércoles, 26 septiembre, 2007
Capítulo Milésimo cuadragésimo primero: "Decir la verdad lo puedehacer cualquier idiota. Para mentir hace falta imaginación" (Álvaro T.21 años, estudiante)
Aunque para la mayoría de nosotros el método mong-nkundo,aquel que detectaba la infidelidad sentando a los niños en lasrodillas, resultaba práctico, útil y, sobre todo, validocientíficamente, resulta que hay alguno que no termina de ver claro quesemejante prueba tenga una validez del 100%.
No pasa nada. En estas cuestiones se entiende que existan tiquismiquis que quieren más pruebas. Bueno, pues las hay.
Setrata de las Ordalías, unas pruebas de tipo ritual muy de moda durantela Edad Media y mediante las cuales los acusados de un delito podíanprobar su inocencia. También eran conocidas como el Juicio de Dios, ya que el veredicto se dejaba en manos de la Divina Providencia. Y aunque valían para cualquier tipo de delitos, eran los de infidelidades, los más demandados.
Seconstataba que el reo decía la verdad si era capaz de sujetar una barraincandescente sin apenas quemarse, si se dejaba de hundir en el aguahasta el límite de la resistencia humana y si ingería veneno sinintoxicarse.
Alguno estará pensando "pero eso no lo pasa nadie". Malo, quien así piensa algo esconde. Si eres inocente no tienes nada que temer. A ellas se sometió, por ejemplo, Tetberga, esposa de Lotario II, rey de Loratingia. Tras dos años de matrimonio estéril, el rey se separó para unirse a su concubina Waldrada, que le había dado un hijo. Como Tetberga decidió no concederle el divorcio, Lotario la acusó de incesto. Para demostrar su inocencia, la reina se sometió a las tres pruebas. Las pasó con éxito.
¿Podrías hacer lo mismo con cierta seguridad? Ah, bueno, por eso.
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