977. Miércoles, 23 mayo, 2007
Capítulo Noningentésimo septuagésimo séptimo: "Quiero llorar porqueme da la gana". Federico García Lorca, 1898-1936, poeta y dramaturgoespañol)
Hayque recuperar lo que nos quitaron. Que los hombres lloremos ha sido -detoda la vida- la cosa más habitual del mundo. Sólo desde la mitad delsiglo XX, y hasta hace unos cuantos años que parece que hemosrecuperado el derecho a hacerlo, que un hombre llorara era una "vergüenza". Cosas de la revolución industrial y sus obreros "machos".
Ya en la Iliada, Odiseo llora de placer cuando el bardo Declodokos cuenta la historia del Caballo de Troya, y Menelao lo hace de pena cuando piensa en los que murieron en la guerra. Los primeros clérigos cristianos -cuentan que San Francisco sequedó ciego de tanto hacerlo- y los más aguerridos guerreros japonesesmedievales, se pasaban media vida llorando por todo. Hasta bien entradoel siglo XX, derramar lágrimas era considerado como parteimprescindible de la oratoria. El joven Verther de Goethe se entregaba con profusión a grandes llantos, y hasta uno de los padres de la patria del imperio, Thomas Jefferson, ha pasado a la historia como un autentico llorón.
Tuviera razón Aristóteles cuando sostenía que las personas lloramos porque después de hacerlo nos sentimos mejor, o tuviera razón Charles Darwin,que consideraba el llanto como un mero sistema de enfriamiento para losojos sobrecalentados o hinchados de sangre, hay que llorar más. Nopuede ser que las mujeres sigan llorando tres veces más que loshombres. No puede ser que las mujeres nos ganen en algo así.

Todos los "capítulos" de "tantos hombres y tan poco tiempo"