Capítulo Septingentésimo sexagésimo quinto: "Lo único que impide aDios mandar un segundo diluvio, es que el primero fue inútil".(Nicolás-Sebastien Roch. 1741-1794 escritor francés)
Apesar de no ser precisamente escrupuloso siempre me ha parecido queentrar en un retrete público no deja de tener espíritu de aventura.
Yno lo digo ya por cuestiones de que aquello esté más o menos guarro–algo que por su propia naturaleza se le supone-, que huela adesinfectante de salas de multicines (¿o es al revés?) o que siemprelleven incorporados de serie a un señor rondando los cien años conartrosis en todas sus articulaciones menos en las del cuello..
Lodigo por las maquinitas secamanos automáticas que están apareciendocomo setas en todos los retretes y que sustituyen a aquellos inmensosrollos de papel continuo que tanto servicio nos hicieron.
Nosé yo. Por muchos controles de seguridad que pasen, por muy modernosque sean, por muy bien que le funcionen sus modernos sensores deinfrarrojos (otro tema que daría para un libro) no dejan de ser unosaparatitos eléctricos enchufados en un sitio que suele estar mojado(por varias causas además) y en el que hay que acercar unas manoshúmedas... Vamos que un descuidín de nada y te quedas más seco que lamojama..
Luego dirán que soy un guarro por secarme las manos en la camisa.. precavido diría yo.
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